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October 6, 2021

Fútbol

Lecciones del fútbol chino

By Martín Sacristán.

El fútbol es el deporte más popular en China, solo seguido en importancia por el baloncesto. Tanto es así que los aficionados de aquel país ya representan el mayor porcentaje de aficionados internacionales en muchas ligas y clubes europeos.  Esto explica, en parte, porqué en los últimos años el presidente Xi Jinping ha manifestado su preferencia por este deporte, y ha elaborado junto a sus gobernantes un plan para que su selección nacional se equipare a los grandes campeones del mundo.

Con unos resultados más bien pobres de momento. La selección nacional china apenas ha alcanzado el puesto 76 en la clasificación mundial. Por detrás de países como Bolivia o Guinea, que nunca han sido capaces de ascender desde los últimos puestos. No se ha cumplido por tanto el objetivo anunciado en 2018 por la CFA, Chinese Football Association, que aspiraba a situar su equipo entre los 70 primeros. Tampoco tienen fácil asegurarse un puesto en Qatar 2022. Hay muchas razones para esta situación, pero la más importante, y difícil de transformar, es cultural. Los padres chinos no quieren que sus hijos jueguen al fútbol.

Y es que, como el resto de deportes, está considerado una actividad extraescolar no productiva que resta tiempo al estudio. Lo habitual en un escolar de aquel país es que dedique entre cuatro y seis horas diarias a sus tareas en casa. La exigencia académica y la presión familiar sobre el estudiante es enorme, al menos comparada con los estándares occidentales. No sirve sacar buenas notas sino las mejores. Algún día el estudiante tendrá que hacerse cargo de sostener a sus padres ancianos, y garantizar un buen futuro a sus hijos, por lo que se espera su esfuerzo máximo para contribuir a cumplir con sus ancestros y descendientes. ¿Puede conseguirse todo eso con una carrera en el fútbol en China? Los padres están convencidos de que no.

La principal razón es que a la hora de la verdad los clubes chinos apuestan por fichar extranjeros y nacionalizarlos. Son hijos de emigrantes chinos o de matrimonios mixtos, crecidos en otros países. La selección nacional ya ofreció la nacionalidad a Nico Yennaris o Tyias Browning, ingleses por nacimiento ambos, o a John Hou Saeter, noruego. Los fichajes millonarios, por entre 10 y 60 millones de euros, siempre han recaído en jugadores como los citados, y raramente en los nacidos allí. Incluso entre los planes más recientes de la CFA figura incorporar a más jugadores naturalizados, cinco brasileños y dos ingleses, para asegurar como sea -y al precio que sea- un puesto en Qatar 2022.

Pero la vía de la naturalización no está funcionando como se esperaba. Lo primero que reciben estos futbolistas al llegar al país es un equipo de educadores, que les introducen en los valores del partido comunista chino. Y les enseñan además que la liga china impone obediencia a sus jugadores; que ninguno debe expresar un punto de vista contrario al oficial -tampoco en redes sociales-; y que deben cubrir cualquier tatuaje que pueda ser considerado ofensivo. Detalles que han disuadido a bastantes candidatos de aceptar la oferta de la selección china.

Mientras tanto su propia cantera, la de jóvenes chinos ingresados en las escuelas de fútbol estatales, reciben la misma presión y exigencia que en el sistema escolar. Y esto, en opinión de uno de los comentaristas deportivos chinos más reconocidos, Zhang Lu, es otra de las razones para el fracaso. Guiado por la CFA, el fútbol chino ha puesto demasiado énfasis en obtener resultados, entrenar y crear estrellas. Olvidando la base popular de este deporte: divertirse saliendo de la rutina de las clases. Así nacieron los grandes equipos europeos, como pequeños clubes de jóvenes aficionados en las ciudades, organizados para disfrutar de lo que más les divertía en la vida. Esto aún no ha sucedido en China, y es difícil saber cuándo los padres tolerarán ese «tiempo perdido» de sus hijos, o que los hijos puedan jugar un partido con los amigos sin sentirse culpables de no estar cumpliendo con su deber social y familiar.

La pandemia tampoco ha favorecido el plan de desarrollo. Como en Europa, los clubes y ligas han dejado de percibir ingresos por derechos televisivos y por venta de entradas, con parecidas restricciones de acceso a los estadios y cancelación de competiciones. Con casos tan llamativos como el del Jiangsu F.C., campeón en la Superliga de China en 2020, que este año ha tenido que interrumpir temporalmente su actividad. Para acabar de empeorarlo, y ante la falta de resultados, el gobierno ha congelado, de momento, los fondos destinados al desarrollo del fútbol.

Este tropezón se ha calificado erróneamente como pinchazo de la burbuja del fútbol chino. Es verdad que China ha hecho un enorme desembolso con fondos públicos sin exigir a clubes ni ligas que generen beneficios. Bastaba ganar campeonatos, aunque eso tampoco lo han conseguido. Pero es imposible que, conforme a su política y tradición social abandonen un proyecto de esta envergadura, pensado para el largo plazo. Los fichajes para Qatar son un buen ejemplo de que seguirán empujando hasta conseguir un fútbol nacional de éxito. El fútbol mundial seguirá teniendo en China un escenario de implantación ideal para ver cómo experimentan, fracasan y consiguen éxitos. Quizá incluso llegue una solución para resolver el reto más importante: atraer y mantener el interés de las generaciones más jóvenes.

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